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Domingo En Viaje

Revistas El Mercurio
Enero 2005
In English

Texto: Paula Andrade
Fotografías: Raúl Bravo


FURIA BLANCA

Las aguas del río Futaleufú figuran entre las más peligrosas del mundo. Son aguas blancas, furiosas, revueltas. Aguas grado cinco, en la jerga de quienes practican rafting, y eso quiere decir que uno en estas aguas se puede morir. Por eso el río tiene fama mundial. Algunos gringos creen incluso que Futaleufú es la capital de Chile, aunque después se encuentren con un pueblo fronterizo, de pocos habitantes, que nada tiene que ver con adrenalina y dólares.



En Futaleufú no hay cajero automático, bomba de bencina ni una conexión a internet que realmente funcione. De alguna manera, el pueblo parece una postal antigua, con gauchos que montan a caballo, mujeres que no usan su nombre sino el del marido, y niños que a los doce años deben emigrar para terminar la escuela. Futaleufú está en la frontera física de Chile, a exactos diez kilómetros y medio de Argentina, a la altura de Chaitén, y también en una frontera ambigua de la modernidad.
Si no fuera porque el río Futaleufú atrae a extranjeros de las más diversas latitudes, y eso implica un ir y venir de camionetas cargadas de balsas y remos, tal vez Futaleufú no sonaría más que como un lindo nombre (en mapudungún significa "río grande"). O tal vez, como uno de los tantos sitios de Chile que invariablemente quedan aislados durante los meses de invierno.Cuando eso sucede, el camión con verduras que todos los viernes viaja desde Puerto Montt no puede llegar, así que los almacenes poco a poco se van quedando sin víveres.

En esos días, los jóvenes tampoco pueden cruzar la frontera para ir a revisar sus emails en Esquel. Y el combustible se queda envasado en el par de casas donde lo venden.

Por eso en Futaleufú les gusta decir que "hacen patria". Quizás tienen razón, si por ello también se entiende soportar diez grados bajo cero, resistir el viento "pampero" que sopla desde Argentina, y atestiguar cómo cada tanto a la cordillera de los Andes se le cae un pedazo, dándole nuevas y abruptas formas al río.
Es entonces cuando Chris Spelius, el estadounidense que "inventó" el rafting en el río Futaleufú, se alegra de haber elegido el pueblo para vivir durante el verano. "Son fuerzas que entran al río, que lo modifican y que le dan pendiente. Ésta es una cordillera muy nueva, que está activa. Y el color, uf, yo diría que el color del río es casi espiritual", dice este medallista olímpico de kayak, en un español aporreado.

Chris Spelius se refiere al color verde del "Futa", como muchos terminan diciéndole al río. Es un color intenso que, a ratos, parece estar reflejando los bosques y que guarda una fuerza descomunal. El río nace en un lago argentino y del lado chileno corre sin contemplaciones. Es cierto que en sus tramos altos hay remansos apacibles, donde se practica fly-fishing, pero basta con pararse en la orilla para entender por qué los futaleufuenses se han mantenido siempre a cierta distancia.

Tenía que llegar Chris el año 85 para "descubrir" que se trata de un río con varios rápidos grado cinco en la escala de dificultad de quienes practican rafting y kayak, que califica entre uno y seis lo que es humanamente posible transitar (aunque el seis no cuenta, porque es muerte segura). Eso quiere decir que el Futa mueve enormes volúmenes de agua y que en ciertos puntos exige técnicas de remo muy precisas para salvar con vida. Hablamos de olas de hasta tres metros, de enormes piedras dispuestas al azar, de corrientes que chupan hacia el fondo y de otras que expelen hacia las orillas, todo en simultáneo. Meterse en un rápido grado cinco es como entrar a una lavadora gigante, sin estar seguro de salir.

Principalmente a eso llegan unos tres mil turistas cada verano. La mayoría de ellos son extranjeros que ni siquiera pasan por Santiago. En diciembre es el turno de los viajeros israelíes, mientras que en enero y febrero aparecen los chilenos que recorren la Carretera Austral y, sobre todo, los gringos que tienen al Futa como el shangrilá de los ríos. De hecho, uno de los norteamericanos que este verano vino a trabajar como guía pensaba que Futaleufú era la capital chilena.

Para esta particular fauna que va por el mundo en busca de ríos furiosos donde practicar kayak, el Futa está en la misma primera categoría que los ríos Colorado de Estados Unidos, Zambezi de Zimbabwe, Tsang Po de China, y Franklin de Australia. Especialmente, después de que el Biobío desapareció para los deportistas con la construcción de la central Ralco. Por eso en el año 2000 se realizó aquí el campeonato mundial de rafting. Y por eso las excursiones, las semanas de full adventure y los campamentos a orillas del río se pagan en dólares. Directamente, muchos de estos "paquetes turísticos" no son para chilenos, a menos que algún ciudadano acaudalado pueda pagar dos mil quinientos dólares por una semana de navegación entre la cordillera y el mar.



La mañana está sombría, pero el grupo de turistas que contrató a Expediciones Chile ya está preparado. El plan es descender en rafting el tramo más transitado del río, que va de "puente a puente". Son nueve rápidos: ocho de grado cuatro y uno de grado cinco, con nombres tan gráficos como "Pillow", "Tiburón" y "Cazuela". Están aquí un alemán amante del sur chileno, cuatro estadounidenses de veintitantos años que acaban de terminar un curso de naturaleza extrema cerca de Coihaique, además del doctor viñamarino Javier Egaña y de su hijo Daniel.

Por el lado de la empresa, harán el descenso Jim Coffey, capitán del equipo canadiense en el mundial de rafting, que no sólo es un kayakista con experiencia en ríos de casi todo el mundo, sino que además es un "rescatista" profesional. Jim irá en un kayak. Lo mismo que Andrew Slater, un gringo que parece Sansón. Scott Brady bajará a cargo de la balsa con los turistas y Rodolfo Rada, un puntarenense de 23 años que aprendió de "aguas blancas" en Vancouver, conducirá el cataraf, una especie de balsa gigante que comanda con remos y que es la última línea en caso de rescate. En total, cuatro guías para siete turistas.

- Hablando en general, ¿dónde hay más probabilidades de caerse? - pregunta el doctor, cuando concluye la primera charla de seguridad. El doctor sabe que, aunque los equipos sean de última generación y los guías profesionales, siempre está la posibilidad de caerse de la balsa (nadie puede bajar amarrado, porque eso dificultaría el rescate en caso de volcamiento).

De alguna manera, el fantasma de la mujer que murió la segunda semana de diciembre sigue presente. Era una inglesa que viajaba con su marido y que estaba desahuciada. Le quedaban tres meses de vida. Los que rescataron su cuerpo deformado dicen que su esposo se alegró de que falleciera haciendo rafting en el Futa. Dicen también que los guías de la empresa contratada por la inglesa (Futaleufu Explore) no habían hecho ni un solo descenso esta temporada y que por eso no conocían la "línea de seguridad" del río, que es como decir el camino seguro por el cual bajar. Se supone que tal desconocimiento provocó que la mujer cayera justo en un campo de piedras y que enrededara un pie entre ellas, para no poder sacarlo más. La corriente la fulminó.

En cambio, el equipo que esta mañana prepara un descenso lleva dos semanas "leyendo" el río, bajando sin turistas para aprender dónde y cómo hay que tomar los rápidos. Chris los supervisa. Y éste es el primer grupo de una temporada que comienza en diciembre y termina hacia fines de marzo.

- ¿Cuál es la línea de seguridad en el "Más o Menos"? - le preguntó Jim a Chris la primera vez que vio el rápido más famoso del Futa, que tiene casi una cuadra de largo y donde los kayakistas desaparecen bajo las olas para reaparecer sólo muchos metros más abajo.



- Llevo veinte años bajando el río y todavía no lo sé - responde el medallista, antes de soltar una carcajada que contagia a todo el mundo.

Se ríen. Se divierten. El desafío diario, la adrenalina que liberan con cada descenso, funciona como un poderoso imán para este grupo de deportistas. Nadie está aquí por obligación, sino por gusto, aunque en los últimos once años hayan muerto seis personas, entre turistas y guías, y la vida, una vez en el agua, dependa bastante del azar.

De las empresas que operan en el Futa, hay tres con reconocida experiencia en los descensos: Expediciones Chile, Earth River y Bio Bio Expediciones. Son sus dueños quienes se reunieron poco después de la muerte de la mujer inglesa para coordinar sus estándares de seguridad. Otra agencia más, H2O, está recién comenzando, aunque cuenta con guías de competición y buena infraestructura. Su dueño también es norteamericano.

Ahora, la mayoría de los visitantes que en verano llega por acá prefiere realizar actividades al aire libre, pero apacibles. Después de todo, como recuerda Raquel Almonacid, la dueña del Hotel Continental, fueron los pescadores deportivos los primeros turistas que aterrizaron en este pueblo. Comenzaban los años 60 y los colonos, muchos de ellos argentinos, viajaban a caballo o en "carro", como llaman a las carretas. Eran los años en que una "diligencia" esperaba a los pasajeros en la frontera para traerlos al pueblo. Y una época en que los cipreses adornaban aún más los alrededores.

Hoy, el pueblo de apenas 900 habitantes y muchas rosas en las calles se entretiene con el chamamé, un baile argentino, en la única disco que tiene. También se divierte con carreras a la chilena, y por supuesto presta muchísima atención a los recados que transmite la radio local. Los avisos de publicidad dan una idea de que se trata de un pueblo nuevo, fundado recién en 1929: "Llegó ropa de temporada. No se la puede perder. Créditos de entre uno y seis meses. Los que no hayan pagado, acérquense a cancelar".

Como dice una "afuerina" instalada hace años en el pueblo, en Futaleufú se bajaron de los caballos para subirse a los aviones y sólo después conocieron los autos. Qué decir de las demás comodidades de ciudad: la luz eléctrica y el teléfono con operadora llegaron recién a comienzos de los 90. Eso, por otra parte, significa que aquí uno realmente puede recuperar la billetera después de extraviarla, y que en verdad no es muy bien visto echarle llave al auto.

Cuando Chris llegó por aquí, después de hacer un descenso por el río Biobío, las casas de Futaluefú ni siquiera contaban con agua caliente. Hoy, este gringo de Idaho puede darse unos largos baños tibios, incluso arriba del cerro donde construyó su "condornest", una casa de madera que arrienda con room service incluido.

Pero estábamos en el rafting. Esta mañana el doctor viñamarino quiere saber qué probabilidades tiene de caerse. Y la respuesta es predecible: muchas. El río está alto y el tramo contratado incluye al "Mundaca", un temible rápido grado cinco que termina justo donde comienza una enorme piedra.

La "línea de seguridad" pasa por el medio de unos roqueríos, en una pendiente de treinta grados. En el "Mundaca" el río pierde su color verde para volverse completamente blanco. Las corrientes son caóticas. Cuesta distinguir el supuesto "camino" que van a seguir. Cuesta también escuchar qué dicen los turistas que se han instalado en las orillas a presenciar el descenso. En este tramo, el Futa es ensordecedor.


Baja primero Andrew en su kayak amarillo.Aunque por un momento desaparece bajo las olas, consigue avanzar sin problemas.

   
Sigue Jim, que con un movimiento preciso de los remos evade por la derecha la tremenda roca que divide al río en dos. Ahora es el turno de los turistas. El cataraf de Rodolfo Rada los vigila de cerca y, en cuestión de segundos, los siete están dando su pelea. Desde la orilla, los remos parecen los aleteos histéricos de un gran pájaro y aún así la balsa se balancea horizontal y verticalmente. De pronto uno se cae. O casi. Justo cuando uno de los jóvenes estadounidenses parecía desplomarse sobre las aguas, el compañero del lado lo toma por los hombros y con fuerza lo reincorpora a la balsa. El "Mundaca", y los temores del doctor, quedan definitivamente atrás.

- ¡Increíble! ¡Increíble! ¡Hasta respiré agua! - comenta Daniel Egaña al terminar el descenso, con una enorme sonrisa de satisfacción (y alivio) en la cara. Los demás turistas se sacuden el agua, mientras intercambian miradas de reto vencido. Los guías, entre tanto, se despliegan en la orilla con eficiencia militar para recoger balsas, subir kayaks, reunir remos y planificar su próxima bajada. La de hoy fue la primera de la temporada y saben que cualquiera puede ser la última. Por eso, a pesar del frío, nadie deja de sonreír.

DATOS PRACTICOS
Llegar
En auto, la manera más directa y económica de llegar a Futaleufú es a través de Argentina. Después de cruzar el paso fronterizo Cardenal Samoré, a la altura de Osorno, puede alojar en Villa La Angostura o en Bariloche, avanzar hasta Esquel y luego ingresar a Chile. El viaje desde Santiago toma casi dos días.

En avión, debe llegar a Puerto Montt (con Lan o Sky por tarifas que parten en 77.900 pesos más impuestos), y después tomar una avioneta a Chaitén con Aerorregional (tel. 65-264 010) o Aerotaxis del Sur (tel. 65-252 523). El vuelo tarda 35 minutos, está sujeto a las condiciones del tiempo y cuesta 35.000 pesos. La empresa Aysén Express ofrece una alternativa marítima, a bordo de uno de sus catamaranes. La navegación entre Puerto Montt y Chaitén demora dos horas y media; el pasaje cuesta 23 mil pesos (www.aysenexpress.cl).

Una vez en Chaitén, y siempre que no tenga coordinado el viaje con alguna agencia local, debe tomar el bus de recorrido Chaitén-Futaleufú. Cuesta seis mil pesos, y tarda tres horas y media. No es muy cómodo, pero permite conocer a la gente de la zona.
Ojo con...
El único café internet del pueblo está en la Hostería Río Grande: 500 pesos por quince minutos. Muy lento.

Los amigos de Futaleufú ya se han organizado para evitar que se construya una represa en el río, como ocurrió en el Biobío: www.futafriends.org
Información general:
www.futaleufu.cl

DORMIR
Posada Sur Andes: bien atendido por su dueña, ofrece un cómodo departamento familiar. Siete mil pesos por persona con desayuno. Pedro Aguirre Cerda 308; tel. (65) 721405; www.surandes.cl

Antigua Casona: frente a la plaza, es un bed & breakfast con cuatro habitaciones y ambiente deportivo. Dobles por 20 mil pesos. Manuel Rodríguez 215; tel. (65) 721311.

Posada La Gringa: casa familiar con cinco habitaciones. Ideal para gente mayor. Doble: 45 mil pesos; incluye un sabroso brunch. Sargento Aldea s/n; tel. (65) 721260.

La Veranada: son cabañas para dos, cuatro y seis personas. Perfectas para familias. Desde 20 mil pesos. Sargento Aldea s/n; tel. (65) 721266.

Hotel El Barranco: elegante lodge de pesca calificado con "cuatro cañas" por sus pares. Con acceso para discapacitados. Doble: 72 mil pesos, con desayuno. O'Higgins 172; tel. (65) 721314.

Hostería Río Grande: hermoso, con habitaciones dobles, triples y un departamento familiar. Doble: 50 mil pesos. O'Higgins 397; tel. (65) 721320; www.pacchile.com

La Confluencia: bed & breakfast ubicado en un fundo de la mujer de Douglas Tompkins, Kristine. A dos kilómetros del pueblo. 25 mil pesos por persona, con desayuno. reservasalsur@surnet.cl

SALIR Y COMER

Agencias
Austral Expediciones: Efraín Oyarzo es un avezado pescador deportivo que organiza excursiones de flyfishing, además de prácticas familiares de rafting por el río Espolón, canyoning y otras actividades. H. Carrera s/n; tel. (65) 721239.

Expediciones Chile: del medallista olímpico Chris Spelius, ofrece bajadas en balsa a lo largo de todo el río Futaleufú, muy bien organizadas y con equipo de última generación. El rafting entre "puente y puente", el más popular, cuesta 56 mil pesos por persona. Gabriela Mistral 296; tel. (65) 721386. www.exchile.com

Rancho Las Ruedas: empresa de la familia Baeza que organiza paseos y excursiones a caballo, de distinta dificultad y duración. Piloto Carmona 337; tel. (65) 721 294.

Restaurantes
Martín Pescador: a cargo de la chef Tatiana Villablanca, es el mejor restaurante de Futaluefú. No es barato, pero sus platos son una delicia. Balmaceda 603; tel. (65) 721279.

Restaurante Futaleufú: ofrece comidas abundantes a toda hora. Pida "milanesas" en vez de escalopas y si se le escapa un "che", no se preocupe: en Futaleufú todos son un poco argentinos. Pedro Aguirre Cerda 407.




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